Escrito por Elizabeth González
Recuerdo que le preguntaba a mi mamá:
–¿Dónde está papá?
–En el Cielo –decía ella.
–¿Qué hace en el Cielo?
–¡Ah! Pues está con Dios y los ángeles.
Su respuesta era casi siempre esta. Entonces yo me imaginaba que mi papá estaba en un hermoso lugar, pasándola genial en compañía de Dios y de los ángeles.
También recuerdo mi obsesión por los edificios altos. Imaginaba que, si pudiera subir a la azotea de cualquiera de esos edificios, seguramente estaría más cerca del Cielo y así mi papá podría alcanzarme y llevarme con él.
Estos pensamientos eran alentados por una canción que sonaba mucho en aquella época, a principios de los 80’s: Un día con mamá de Cepillín, “El payasito de la tele”.
En una de sus estrofas, esa canción dice algo como:
-
Yo no sé por qué mamá al cielo tuvo que ir
a papá le voy a pedir que me deje ir con mi mamá
al Cielo voy a ir y le voy a decir
que no tengo con quién jugar y con ella me voy a quedar…
Claro que yo le cambiaba la letra y en lugar de decir mamá, yo decía papá: “Yo no sé por qué, papá al cielo tuvo que ir”. En fin. Cuando pensé en escribir este artículo me acordé de todo esto.
Y es que me doy cuenta que, con el afán de no sentir tanta pena cuando alguien querido muere, o con el afán de consolar un poco a las personas que le sobreviven, hemos “romantizado” mucho a la muerte. La hemos pintado como “algo que acaba con el sufrimiento, con el dolor y con la enfermedad”. Imaginamos que las personas que mueren están en un “lugar” donde todo es hermoso y no tienen nada de que ocuparse ni preocuparse.
En este punto hago una aclaración pertinente: no intento decir que esto no pueda ser así, y mucho menos intento romper con la paz que deja la esperanza de que esto pueda ser cierto. Mi intención no es acabar con las esperanzas ni con la Fe de que hay algo que nos pueda estar esperando del otro lado de la muerte.
En realidad, mi propósito es acabar con la idea de que la muerte puede ser una solución. Lo que intento decir es que efectivamente cuando una persona muere el cuerpo deja de sentir dolor; pero en realidad deja de sentir TODO. Deja de sentir las caricias y los besos que le podemos dar.
Efectivamente, la muerte acaba con la enfermedad, pero también con la vida.
A mí me pasó que, con todo lo que me decían respecto a la muerte y al Cielo, llegué a pensar que estar en el Cielo era mejor que estar en la tierra. Porque mientras allá todo, aparentemente o según lo que me contaban, era “miel sobre hojuelas”, aquí en la tierra todo estaba “patas pa’rriba”.
Mi mamá siempre estaba cansada y de mal humor porque tenía que trabajar mucho, mis hermanos mayores estaban descontrolados, los más chicos la pasábamos solos la mayor parte del día; sufrimos abandono y, por si fuera poco, también abuso de todo tipo.
Así que la idea de “ir al Cielo” era bastante tentadora y alentadora. Y a lo largo de mi adolescencia y mi juventud, esta idea estuvo rondando mucho mi mente, sobre todo cuando me tocaba atravesar situaciones muy dolorosas como separaciones o dificultades serias.

Yo decía: “la muerte acaba con el dolor”. Y yo quería eso, que el dolor acabara.
En mis consultas tanatológicas, me he encontrado con una gran cantidad de pacientes (niños, jóvenes y ancianos) que piensan igual que yo en aquella época. Una de las frases que más escucho es:
–Me debería morir para dejar de sufrir.
Recientemente hablé con una paciente que estaba pasando por una crisis, la cual le causaba mucho dolor, pues sus hijas adolescentes eligieron mudarse con su papá. En medio de su crisis, mi paciente decía una y otra vez: “Mejor quisiera morirme”.
Cuando le pregunté qué era lo que se imaginaba exactamente si ella llegara a morir, me dijo:
–Pues sí… Me gustaría morirme para dejar de sufrir, “para ya no ser una molestia para mis hijas y así ya no molestaría a nadie”.
Y es que, cuando pensamos en la muerte, por alguna extraña razón pensamos que acaba sólo con “lo malo”. Pero no nos damos cuenta que la muerte acaba con TODO. Con lo bueno y con lo malo. Y como decía al principio, efectivamente acaba con el dolor, pero también con el placer.
Yo traté de hacerle ver a mi paciente que cuando nos enfrentamos a un dolor tan grande “nos queremos morir”, porque hemos decidido, inconscientemente, que ese problema o esa situación NUNCA se resolverá o que SIEMPRE será igual de dolorosa. Y eso no es verdad.
–¿De verdad piensas que tus hijas SIEMPRE van a tener 16 y 18 años?, –le dije.
–No –respondió ella.
–¿De verdad crees que NUNCA van a cambiar de opinión? ¿Qué la vida no les dará oportunidad de reflexionar sobre lo que han hecho bien o mal?
–Bueno… creo que tal vez, cuando crezcan y sean madres se den cuenta del daño que me han causado –dijo.
–Pero para ese entonces tú ya no estarás, porque habrás muerto, según tus deseos de este momento. Y estando muerta ya no podrás escuchar esas disculpas. Y mucho menos podrás perdonarlas y abrazarlas. Ya no podrás reconciliarte y volver a recomenzar una relación con ellas, porque estarás muerta… ¿Entiendes?
–Es más, –le dije– si tus hijas llegaran a ser madres tu no tendrías la posibilidad de conocer y convivir con tus nietos, porque estarías muerta.
Ella se quedó pensando y después de un par de minutos dijo: –Eso es algo que no había pensado, y que no me gustaría que pasara.
Hay muchas cosas que aún siendo Tanatóloga, desconozco de la muerte. No sé, por ejemplo, si las personas que se han ido están en el Cielo o en algún otro lugar. Me gusta pensar que sí, pero no tengo la certeza de que ellos nos pueden “ver” o “escuchar”, como lo hacían aquí en la tierra.

Pero hay algunas cosas que sí sé y siento:
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1. La muerte acaba con las experiencias sensoriales en el cuerpo de la persona; con todas las sensaciones. Las de dolor y las de placer.
2. Sé que cuando alguien muere, no lo volvemos a ver, ni a escuchar, ni a sentir como cuando estaba vivo.
3. Sé que la muerte al acabar con la vida, acaba con TODAS las posibilidades: la de volver a hablar, volver a intentarlo, ofrecer disculpas, perdonar, volver a abrazar y volver a empezar.
Por estas razones nos duele tanto cuando alguien que amamos se va.
Por eso te invito a dejar de pensar que la muerte puede “solucionar” algo. Porque la única que ofrece esa posibilidad, es la Vida.
Apuesta por la vida y nunca perderás.
Apuesta por saber que en la vida ningún dolor, conflicto, problema o desamor dura para siempre. Todo cambia: la intensidad, los pensamientos respecto a eso y las actitudes de las otras personas. Nada en la vida permanece de la misma forma ni de la misma intensidad.
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La vida cambia.
Las personas cambian.
El cuerpo cambia.
Las enfermedades y las medicinas cambian.
Los sentimientos cambian.
Tú cambias.
Aprendes nuevas cosas y olvidas otras.
Recibes nuevas cosas y dejas ir otras.
Algunas personas se van, pero otras llegan.
La vida es movimiento, es cambio, y el cambio es oportunidad. “Mientras haya vida, hay oportunidad” no es un slogan barato; es la verdad.
La muerte nunca es una solución.
La vida sí.
Sólo aférrate a esta idea y pide ayuda si crees que solo o sola no puedes.
Artículo para descargar:
La solución no está en la muerte – Ely González